Hace casi dos siglos y medio, cuando unos gitanos decidieron fundar su cofradía, llamaron a la Virgen de las Angustias. Nadie osó cambiarle el nombre. Así se llama, porque así la ven los suyos. Aprendieron de esas Angustias que le traspasan el corazón en la madrugada. Entendieron que la vida puede ser muy dura: como la del Señor de la Salud, con su cruz a cuestas; como la de una Virgen que sabe lo que es sufrir Angustias; como la de ellos, a los que algunos menosprecian y miden por el rasero del odio racista. Y entendieron también que ese dolor se puede llevar con la sublime dignidad que tiene María en esa noche única. Por eso, a su lado, las Angustias son diferentes, se tornan en cante hondo de saetas, se mitigan con la dulzura de su amor. Angustias que se van a su lado y se convierten en nombre propio de la Reina de los Gitanos.
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